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María Haydée Bustos y Carlos Romagosa, una historia de amor que terminó en un pacto suicida

Efemérides – Por Jorge Alacevich

El 6 de junio de 1906 el hecho de sangre del que fueron protagonistas María Haydée Bustos y Carlos Romagosa sacudió a la ciudad de Córdoba.
Ese día, el poeta Romagosa de 31 años asesinó a su amante de 23 años y luego se quitó la vida. El caso tuvo vasta repercusión periodística y perduró en la memoria colectiva por largo a tiempo.


Carlos Romagosa y Haydée Bustos dejaron dos cartas sobre la mesa y pusieron fin a su historia prohibida con un tiro en el corazón. Pertenecían a la alta sociedad cordobesa.
“La tarde calma del barrio pueblo se congeló por un momento. Los dos estampidos en el crepúsculo de aquel 6 de junio de 1906 inquietaron a los que conocían cada secreto de barrio General Paz y sus calles anchas. Dos estampidos secos, violentos como latigazos sin aviso, no eran un buen auguri


Carlos era doctor y docente. Había formado su familia tal como obligaba la Córdoba santa. Pero el desamor desintegró lo que el mandato obligó y mientras ella y el hijo se iban a las Europas, él volvía a la soledad. Poeta taciturno, hombre sensible a las letras, Carlos Romagosa se volvió el soltero más codiciado de Córdoba.


María Haydée era unos 11 años menor que Carlos.
Ella era su alumna en la Escuela Normal Nacional de Maestras. María Haydée era Bustos de apellido y tenía algo en común con Carlos: la prosapia, el patriciado, el orgullo de la Córdoba intocable. Pero María tenía otro asunto compartido con Carlos: el amor, el bendito amor que los unió”. (Nota Diario 24.Com).
Después del estampido de las 7 de la tarde el comisario de la seccional primera, Sosa de apellido, entró a la casa y encontró en el dormitorio a Romagosa con una bala en el corazón, sentado en una silla y su cabeza tirada hacia atrás. María Haidé, recostada sobre el costado derecho de la cama, apenas respiraba mientras unas balas en la región parietal izquierda hacían su trabajo lentamente. Su vestido final era de terciopelo granate.


Dos cartas fueron los testimonios finales. La de Romagosa decía, simplemente, me mato. Haidé lo explicó más claramente: me mato porque no puedo unirme al único hombre que amo en esta vida.
Antes del final, Romagosa le había dedicado una poesía anticipatoria: “Y si el destino cruel no me concede la gloria de la dicha ambicionada, si en el ocaso de mi vida triste no me ilumina el Sol de la mañana, si mi gacela con su alma blanca no aleja mis amargas desventuras, la aurora no veré de la esperanza . Sólo hallaré la paz de los sepulcros a la sombra de un sauce y una palma”.
La ciudad y época nunca perdonó un amor con diferencia de edad, y menos de un profesor y su alumna.
La madre de Haydee jamás dejó el luto. La tristeza era doble: una hija muerta y una ciudad que la apartaba por la maldición de esa hija muerta: bella, inteligente y prohibida. Cada tarde la madre caminaba con la cabeza gacha hacia la iglesia del Santo Tomás buscando un consuelo que no existe. Cada tarde, a las 7, hora de la muerte, en el trayecto del martirio, la observaba el niño Jorge Orgaz, el hermano menor del gran Arturo.
Jorge creció y fue rector de la Universidad y en letras de imprenta publicó Memorias de la ciudad chica. Allí, recordando al amor que Córdoba negó, escribió: ¿Qué somos sino memoria consciente e inconsciente, residuales olvidos y residuales recuerdos?
Qué somos sino dos amantes muertos por la Córdoba que aprieta hasta dejarnos sin aire. Que somos sino una ciudad chica con memorias olvidadas en cada amanecer. (Texto de Jorge Orgaz, hermano del famoso Arturo Orgaz).

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