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En 2005 fallecía Rosario «Charito» González, la niñera del Che Guevara y quien conocía sus platos favoritos

Efeméride – Por Jorge Alacevich

El 19 de julio de 2005 fallecía en la ciudad de Córdoba Rosario Armanda «Charito» González, a los 89 años, cocinera de la familia Guevara y niñera del pequeño Ernesto. La mujer lo recordó hasta el final de sus días como “un niño solidario y sensible”.


Rosario Armanda González de López, o Doña Charito, fue una de las personas más importantes durante la infancia del Che en Alta Gracia, y quien era, además de la encargada de cuidarlo durante sus primeros años, la que le preparaba los platos que más le agradaban al niño.


Rosarito pasó las últimas décadas de su vida recordando la infancia de Ernestito en extensos relatos y anécdotas. Entrevistada por la mayoría de los biógrafos de Guevara que plasmaron la etapa de su niñez, la anciana se consolidó como fuente ineludible de consulta acerca de quien luego sería el Che.


Pero lo que muchos no sabemos, es cuáles eran esos platos que deleitaban a quien sería, años más tarde, una de las figuras más importantes de la historia de América Latina y el mundo.
Consta en la historia que el niño Ernestito Guevara de la Serna, cuando vivía en la ciudad de Alta Gracia, recortaba las recetas de cocina de los periódicos que traía su padre y las pegaba en un cuaderno para que Rosarito se las preparara. La mujer, como suele ocurrir, les puso sello propio a esas comidas.


En los documentos facilitados por la Casa Museo Ernesto Che Guevara, en donde encontraba el cuaderno de recortes, se conoció que entre los gustos culinarios de Ernestito están el arroz a la valenciana, tomates chinos, arrollado de zapallito, zanahorias rellenas y budín de arvejas y zanahorias.


Rosarito o “Charito”, como comúnmente la llamaban, vivía en una humilde vivienda en el barrio Sur de Alta Gracia. Y trabajó para la familia que residió en esa ciudad durante 11 años, en las décadas del ‘30 y del ‘40.
Si bien no era la niñera, cuando los padres de Ernesto salían a cenar o a alguna fiesta, probablemente en los salones del Sierras Hotel, “Charito” cuidaba de los chicos. Por eso muchos confundieron sus tareas domésticas como las de una niñera.
La cocina era su lugar, no tenía exigencias sobre el menú ni reproches por los gastos en la compra de mercadería. Fue una persona de confianza muy querida por la familia.
Entre las anécdotas, Rosario recordaba a Ernestito al regreso de la escuela sin su guardapolvo porque la maestra había instado a un compañero a que concurriera a clases con el uniforme y él le entregó el suyo para que pudiese entrar a clases. “Total yo tengo otro”, dijo el niño a la cocinera.

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