-Perdón, no puedo salvarte la vida -No te preocupes, tranquila

Así fue el estremecedor diálogo entre una enfermera y
Laura Muñoz, una de las siete víctimas fatales que dejó
el atentado a la Fábrica Militar. Su hermana, Paula Muñoz,
le contó a este Diario cómo hace un año reconstruyó los
conmovedores últimos momentos de vida de su hermana.

Paula Muñoz, tenía 27 años cuando murió el 3 de noviembre de 1995

Laura Muñoz tuvo una noche feliz el 2 de noviembre de 1995. Había regresado contenta de la clase de teatro del grupo evangélico al que asistía. Disfrutaba mucho esos jueves. Laura además estaba feliz porque en pocos días más, luego de varios años de gran esfuerzo, se iba a recibir con 10 de promedio de mecánica dental, una carrera que había cursado haciendo un gran esfuerzo personal y económico. Era niñera, los pequeños le encantaban, y los pesitos que ganaba los destinaba a pagar los pasajes para viajar a Córdoba para estudiar.
El viernes 3 de noviembre a las a las 8.55 de la mañana hubo una fuerte explosión y su casa se sacudió por completo. Ella quedó conmocionada y no podía reaccionar. Nadie de su familia entendía qué había pasado. Hasta que salieron a la calle y se encontraron con un enorme hongo que los cubría. Enseguida supieron que era el depósito donde estaban los explosivos y que podrían producirse más estallidos. La casa de la familia Muñoz, en barrio Las Violetas, estaba a unos 200 metros en línea recta de los polvorines.

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Viene de arriba
Paula, la hermana menor, alcanzó a salir de la cama cuando los vidrios de la ventana cayeron en sus sábanas “como guillotinas”, le contó a este Diario. Fabián, el hermano mayor, apuraba a Laura para que saliera y todos huyeran. Ella estaba conmocionada, aturdida y no quería moverse. Como era delgada y bajita, él la levantó y la llevó en brazos. Fabián y Paula corrían por las calle, su mamá, Elda Tissera, conocida como Peti Muñoz, también lo hacía como podía por su obesidad. Todos los vecinos del barrio corrían a los gritos.
“Del cielo caían cosas que no sabíamos qué eran”, contó Paula. A pocas cuadras de su casa una misma esquirla dio en el brazo de Fabián y en la cintura de Laura, que cayó al suelo. Su hermano la levantó y comenzó a pedir ayuda. Nadie paraba, nadie ayudaba, todos estaban desesperados. Al ver que nadie lo ayudaba se cruzó al frente de un auto. “Creo que era un Peugeot 504 blanco, pero nunca supe quién fue”, contó Paula. De esa forma detuvo a ese auto, subió a su hermana, se subió él y pidió que lo llevaran urgente a una clínica. Las esquirlas seguían cayendo.
Llegaron a la Clínica Regional, en calle Lavalle, donde ahora está el Sanatorio de la Cañada. Allí la situación era caótica. Había muchos heridos y muy poco personal para atender. A todos los pacientes de la terapia intensiva los habían bajado a planta baja porque arriba estaba todo destruído. No había luz, agua, insumos, ni médicos que pudieran atender a todos. Laura falleció antes del mediodía de ese 3 de noviembre, cuando tenía 27 años.
Perdón, no te puedo salvar. Unos 20 años después de la tragedia de 1995, llegó al consultorio de Paula, quien es masajista, una enfermera. No fue casualidad. Ella quería que Paula la atendiera. Durante varios años fue a su consultorio hasta que pudo decirle que ella había asistido a su hermana esa trágica mañana. Hace aproximadamente un año le hizo un vivo relato de las escenas que ella vivió ese 3 de noviembre en la Clínica Regional.
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Viene de arriba
La enfermera -de quien Paula prefirió resevar su nombre- le contó que en el medio del caos que era la clínica, con gente clamando ser atendida y curada, en dos sillas estaban sentados sus hermanos. Fabián, que a la vista de todos tenía un brazo arruinado, pedía con insistencia que atendieran a su hermana. “Atiéndanla, sálvenle la vida”, rogaba. Laura estaba sentada, casi imperturbable. “Mi hermana parecía que estaba intacta, pero cuando la enfermera la giró casi se muere”, contó. En los varios años de trabajo en llevaba en terapia intensiva nunca había visto algo igual.
Paula le comenzó a pedir a su hermano que la ayudara, le decía que la apretara. “Mi hermano le tocaba un pulmón, se lo apretaba para que ella pudiera respirar. Se veía que ya había perdido un pulmón y también un riñón”, contó Paula a partir del relato que le hizo la enfermera. Paula le siguió contando a este Diario: “Ella me contó que se acercó a mi hermana y le dijo: ‘nena perdoname, no te voy a poder salvar’, y que Laura le respondió: ‘no te preocupes, quedate tranquila’”.
Otra enfermera también se arrimó a verla. Paula la reconoció y le recordó en que circunstancias se habían encontrado en alguna oportunidad. La enfermera quedó impactada porque veía que esa vida se estaba apagando.
“Luego llegó un médico, creo que era el doctor Defilippi, se arrodilló al frente de ella y también le pidió perdón por no poder salvarla”, contó Paula. A los minutos su hermana murió de un paro cardiorespiratorio.
Sergio Muñoz, papá de Paula y operario de Atanor, llegó a la clínica cuando su hija ya había fallecido. Tuvo que reconocerla al lado de otra jovencita muerta que creyó que también era su hija menor. “Dios, me llevaste a las dos”, decía derrumbado frente de la clínica.
Sin embargo no era Paula, quien había logrado escapar de las esquirlas porque se encontró con su novio que venía a buscarla en una moto y terminaron en Villa Ascasubi. La mamá había quedado refugiada en una cochera próxima a la esquina de Diego de Rojas y Belisario Roldán. Fabián tuvo que ser llevado de urgencia a Córdoba porque corría el riesgo de perder su brazo.
“Mi mamá murió de tristeza hace seis años. Sus pañuelos estaban transparente de tanto llorar. Y mi papá, que tiene 81 años vive en silencio, en un silencio que dice todo lo que siente”, cuenta Paula.
Ella dice que nunca iniciaron un reclamo judicial por la muerte de su hermana. Que lo único que quería su familia era justicia, con el expresidente Carlos Menem condenado y “preso en su momento. Pero la Argentina tiene una justicia tonta, una justicia que nunca llega y así esta herida nunca cierra”, finalizó Paula.

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