Jerarquía y post verdad

OPINIÓN – LA COLUMNA DEL ABOGADO RODOLFO LEMOS ANGULO

RODOLFO LEMOS ANGULO

En tiempos de la post verdad, la palabra “jerarquía” tiene mala prensa. Lo políticamente correcto es hablar de que somos todos iguales (ficción jurídica imprescindible, falacia en la realidad, y perdón por decirlo: salvo la igualdad en dignidad humana, en lo demás somos todos diferentes). Las jerarquías en sí mismas, no son buenas ni malas. Ordenan. Un orden puede ser justo o injusto, útil o inútil, pero sabemos que el desorden, en cambio, siempre es destructivo. SIGUE ABAJO

Cuando voy manejando mi auto por una calle secundaria y me encuentro con una calle principal, sé que debo frenar y ceder el paso, porque para ordenarnos en el tránsito lo hemos acordado así. A los fines de aprender a leer, a todos nos dijeron que la jefa en el aula es nuestra maestra de primer grado, porque ella sí sabe leer y yo quiero aprender (¡gracias señorita Raquel!). SIGUE ABAJO

La ciudad capital de Perú es Lima y sería demencia si los tiempos de la post verdad nos dicen que cada cual tiene su respuesta. El sistema escolar tiene sentido sólo si las verdades existen, y yo las ignoro. Si la ortografía o el orden sintáctico en una oración nos resulta indiferente, la materia “lengua” no tiene razón de existir.
En familia, cuando nuestro hijo está enfermo, vamos a consultar al médico pediatra. Como no soy médico, nuevamente aparece una relación de jerarquía entre las indicaciones del profesional especialista, y mis opiniones sobre el tratamiento. Si en una familia con tres niños, sus padres someten a votación lo que van a comer cada día, posiblemente siempre comerían milanesas con papas fritas y jamás espinacas. SIGUE ABAJO

La democracia republicana admite que la forma “menos mala” de tomar decisiones entre todos los habitantes de un país, es establecer primero que sólo algunos votarán: sólo los ciudadanos mayores de cierta edad. La trampa del falso igualitarismo fue dejada de lado cuando establecimos que nuestros niños no votan. Y cuando decidimos que cada voto vale lo mismo, presuponemos los votantes tenemos un nivel razonable de honestidad intelectual, patriotismo y un mínimo aceptable de capacidad de razonamiento, para no ser engañados por estafadores de la política. SIGUE ABAJO

Y como sabemos que a veces las multitudes sensatas se transforman en tumultos más apasionados que prudentes, fácilmente manipulables desde lo emocional (como la repleta Plaza de Mayo del 2 de Abril de 1982 que aplaudía al dictador Galtieri) hemos establecido algunas áreas que no se definen por el voto: el voto de reelección tiene topes, el voto de la mayoría no puede eliminar derechos humanos innegociables, uno de los tres poderes no será elegido por el voto.
La crítica liviana de la palabra jerarquía es expresión de nuestra disminución de la capacidad de establecer distinciones y matices. Reconocer que existen verdades y mentiras, bondad y maldad, actos meritorios y actos corruptos es evitar caer en la postmodernidad discepoliana del “todo es igual, nada es mejor” de Cambalache, tango que pone a la Biblia junto al calefón. SIGUE ABAJO

Cuando las jerarquías se desdibujan, cuando la verdad es reemplazada por el “relato” de cada uno, el peligro para una democracia es que las grandes mayorías de votantes no distingan entre peor – regular – bueno – óptimo.
El edificio democrático en parte se apoya en los cimientos de sensatez y buen sentido de las mayorías, juez de última instancia de sus líderes. El voto es el momento supremo de la rendición de cuentas. Cuando las mayorías al votar, sólo repiten el sarcasmo burlón de Poncio Pilatos ¿“y qué es la verdad”? estamos en peligro. Democracia e indiferencia descreída al votar no son compatibles.

Rodolfo Lemos Angulo

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